martes, 5 de julio de 2016

1. Cobarde


Tango de Roxanne- Moulin Rouge

Hola.

Te escribo esta carta porque eso de olvidar nunca ha estado en mis planes, y porque aún me acuerdo de muchas cosas.

Pero por favor, no me malinterpretes, no te quiero. Es decir, te quise, pero he aprendido (gracias a ti o por tu culpa) que no se deben creer promesas descafeinadas a las dos de la mañana, y que se clava mejor el puñal al corazón que mejor conoces.
Quería despedirme de ti, eso es todo. Y darte las gracias por enseñarme que me tengo que apreciar más, aunque haya sido de la peor manera. Que no debo soportar frases ignorantes de cualquiera que me cierra la boca. Y no a besos. Quiero despedirme porque no hay mal que por bien no venga, y aunque hayamos sufrido (ambos) tanto, aún se quedan las lecciones.

Tengo que decirte, ya que estoy, que ahora soy feliz. Aunque parezca imposible. ¿Recuerdas cuando te dije que no creía en el amor? Bueno, pues eso no ha cambiado, pero estoy segura de que en algunas partes del mundo existe. Y de que quizá ese vuelco del estómago que recibo cuando me habla, es algo parecido al amor. Y que aunque a ti te dijera mil veces que no, ahora me gusta.

Y es que soy feliz porque soy libre, porque me quieren sin cuerdas, porque no me ahogan, porque puedo ser yo y así, tal cual, y sin adornos, me quieren. Porque he borrado los gritos de mi vocabulario, y porque con él no existe la discusión, porque soy incapaz de mirar a otros como a él, y que ya no me parece tan absurda la palabra amor. (Aunque esto es un secreto, como tantos que compartimos en su momento, como tantos que supongo que ya no serán un secreto nunca más.)

Si preguntas por mí, que lo dudo y lo re-dudo, pero… si preguntas por mí, te dirán que estoy igual de loca. Incluso te dirán que lo estoy más. Te dirán que me sigue gustando pasear cogida de la mano y hacer bromas de mal gusto. Que me pirra el humor negro. Que ahora me ha dado por escuchar grupos que no conocía y que mi polo favorito sigue siendo el amarillo. Que tengo un nuevo libro favorito y que me encanta ir al cine los miércoles. Te dirán que sigo siendo igual de pesada, y que me giro siempre cuando me despido de alguien en mi portal, que me sigo llevando fatal con mi madre y que me sigue enamorando el olor a mar. Te dirán que he aprendido a probar algunos platos nuevos, pero que sigo odiando las salsas como la que más; que sigo escribiendo en verso y que sigo soñando con volar.

De ti no me dicen mucho. Ayer escuché que te irás. Y supongo que por eso esta carta… una carta que nunca leerás. Voy a decirte una cosa: lo siento. Y no te pido disculpas por haberme ido sin más, no te pido disculpas por aquel día que me sentí humillada, ni por contestarte “vale” cuando me abriste el corazón. Te pido disculpas porque, supongo, todo el mundo se merece que le quieran como le corresponde. Y yo nunca te quise así. Te quise como a mí me gustaba querer: un día un poco, un día más, un día menos, un día me agobias, al siguiente te echo de menos… Y sé que no fue justo. Y por eso (sólo por eso) lo siento. Supongo que me quedo más con los buenos momentos que con los malos, aunque te he deseado unas cuantas catástrofes un par de veces. Discúlpame, al final ibas a tener razón con eso de que soy muy infantil.

Y con eso de egoísta.
Y manipuladora.
Y egocéntrica.

En lo que creo que no tienes razón es en eso de “ojalá no haberte conocido nunca”. Porque sé que no lo pensabas así. Porque yo nunca lo he pensado. A pesar de ser todo eso que me has estado llamando. Porque yo nunca me he arrepentido de quererte sin cuidado, a mi bola, a mi rollo, a mi modo. Porque te di mi corazón, y aunque luego resultó estar envenenado, ahí lo tenías… y lo destrozaste lentamente con cada pelea. Con cada cuerda. Con cada adjetivo que me adjudicabas.

Voy a acabar esta carta de la manera más apropiada que sé. Hablándote de la gente que me quiere a pesar de que soy egoísta, y manipuladora,  y egocéntrica. Hablo de él, de mis amigas, de mi familia, de gente que apenas me conoce y me apoya como tú no hiciste nunca. Que no tiene tiempo para recordarme mis defectos porque se les llena la boca con mis virtudes. La gente que no separa bandos, la gente que me quiere a quemarropa, sabiendo que les puedo hacer estallar todo mi caos en la cara. La gente que me tiende la mano cuando ellos están en el fango, los que me miran y me dicen que todo saldrá bien. Con los que no hablo muy a menudo pero de repente me sorprenden con un mensaje de “hoy quedamos, te quiero ver”. El que estudia mi canción favorita para tocarla con la batería. La que me convierte en musa de sus poesía. La que me captura con la cámara cuando no puedo estar más fea (porque me estoy riendo como me sale, y eso nunca ha quedado nada bien en pantalla). Las que me sacan a la calle cuando menos ganas tengo, y me sacan a bailar, y me sacan a beber, y me sacan de mis casillas, y me sacan una sonrisa siempre que pueden. El que me dijo la noche de un viernes que valía la pena intentarlo. La que me escucha cada consejo para acabar con un “es tu vida, ví-ve-la sin pensar en nadie más”. El que me habla de filosofia a las tres de la mañana (y probablemente por el único que soportaría quedarme hasta las tres de la mañana hablando de filosofía). La que me pinta con acuarelas cuando se lo pido. La que llega cansada de estar todo el día en el trabajo y aún así consigue restarse diez años hablando conmigo. La que saca mi lado más raro y me levanta por los aires como si fuésemos los protagonistas de Dirty Dancing.

Y fíjate, hace unos meses tú estarías ahí.
Pero ya no.
Porque un buen día decidí hablar sólo de quien me daba toda la felicidad que era capaz de ofrecerme. Porque decidí hablar sólo de aquellos que me sacaban las sonrisas más grandes, y no lágrimas de hojalata.

Y por eso esta carta, para dejarte claro que sí, que pienso en ti de vez en cuando, que me acuerdo de tus tonterías y que al mirar mi galería se me escapa un “qué pena cómo acabó todo”. Pero que sé que todo ha sido para mejor. Que sé que ahora soy feliz. Que no me tengo que sentir culpable por querer bien, por querer fuerte, por querer lo mejor que sé. Y porque me tengo que rodear de gente que me haga creer mejor de lo que soy, no al revés.

Hacía tiempo que no escribía algo con tu nombre.
Me despido,
hasta nunca
(cobarde).